lunes, 23 de enero de 2017

No pienso, luego consumo.

Nosotros, la gran mayoría de personas a las que no nos mueven intereses económicos que no sean el vivir con dignidad, nos decantamos por una u otra opción en base a las informaciones que nos llegan. Sabedores de la manipulación de los medios, que responden al poder que les paga, tendríamos que buscar dónde se esconde la verdad.
Esa búsqueda de  la verdad se vuelve una tarea ardúa ya que internet responde a los grupos de presión y se encarga de eliminar y esconder las noticias que puedan poner en duda sus versiones. A todo ello se ha de añadir la acumulación de datos que desde la más tierna infancia van configurando nuestras creencias y opiniones, creando un fondo a los que acude nuestro cerebro y que es difícil de sanear. 
Estamos acostumbrados a alternativas binarias y contrapuestas, si no estamos de acuerdo con un planteamiento será que valoramos el contrario, si en un planteamiento existe una premisa cierta y esta es la que compartimos, todo el planteamiento nos parecerá bien. No hay rigor de ningún tipo y se valoran las impresiones, esas que llegan a nuestro cerebro por esa parte emocional que surge rápida y sin razonamiento alguno. El razonar parece que proviene del “cerebro” (cerebral) y se antepone a la”naturalidad” de lo que sale del “corazón”, considerándo incluso más humano. 
No damos tiempo, la mayoría de las veces, a que llegue a nuestro cerebro la señal de saciedad, nos vence la ansiedad, esa misma que nos hace comer dulces y grasas porque llegan rápidamente las señales de satisfacción al cerebro. Se busca una satisfacción sexual rápida, que al igual que en la comida, llegue el placer al cerebro y nos llene de endorfinas.
Se olvida que somos animales “racionales” y que al igual que aprendimos a cocinar  y a paladear los alimentos y que cada vez más anteponemos el conocimiento de los productos con el fin de ganar en salud, deberíamos también conseguir que el sexo fuese una comunicación que comportase placer, desprovista ya de la finalidad procreadora y dejásemos esa satisfacción despojada de lenguaje a la que nos ha arrastrado el “aquí te pillo y aquí te mato” de ese “impulso” (impulso,  porque dejó de ser instinto en cuanto no afecta a todos los individuos ni en el mismo momento y que caracteriza primordialmente la actividad del sexo masculino).


Hemos de aprender a dominar la ira, a ir modificando los impulsos y darles una categoría humana, a renunciar a la propiedad sobre las personas. Ya no tiene sentido la “virginidad” que aseguraba a los machos la trasmisión de sus genes, como tampoco tienen sentido los celos que no dejan de ser un sentimiento de propiedad. 
Nuestro cerebro es humano y por lo tanto tiene la posibilidad de utilizar su parte evolucionada, su corteza prefrontal, que permite el razonar, valorar, matizar los impulsos y modificarlos. Pero modificar los impulsos que nos permiten sobrevivir es una tarea llena de esfuerzo, el razonar requiere un entrenamiento y eso debería ser una tarea de la educación. 
Pero...¿para qué intentar que desaparezca la comida basura? ¿Para qué intentar transformar el sexo basura si prostíbulos, programas televisivos, películas y un sinfín de actividades lucrativas dan pingües beneficios?  Se necesitan satisfacciones baratas y rápidas, que la gente que no tiene medios pueda consumir más a poco precio, creándoles necesidades continuas y haciéndoles creen que algún día pertenecerán al grupo de los elegidos.
Sin educación, imperando el cerebro impulsivo, nos encontramos con la incapacidad de razonar y sin razonar no podemos tener criterio propio; se está abierto a cualquier plantemiento que cumpla con los valores que previamente nos han inculcado y eso es precisamente lo que necesita el sistema capitalista que basa su economía en el consumo.
La religión, la televisión, el cine, la familia y un largo etc., irán conformando nuestra forma de sentir configurando personas que solamente salven sus frustaciones con las compras compulsivas y sus vivencias virtuales.
Vivimos en una sociedad en el que se ha perdido la capacidad de espera, las cosas son inmediatas y sin esfuerzo, no se pierde el tiempo en análisis, o se siente una cosa u otra, no se está acostumbrado a la introspección, a saber por qué nos duele un comentario, una imagen, una actitud y la respuesta es el bloqueo, el no pensar para no sufrir, el apartarse de lo que nos crea conflicto (así de paso se da trabajo a los psicólogos, psiquiatras, laboratorios farmacéuticos y de terapias alternativas).
Un mundo en el que se incita al individualismo y en el que la ira aflora ante cualquier vicisitud por la incapacidad de afrontar una frustación, en el que se es incapaz de razonar, de investigar en la jungla en la que han convertido los medios; que solo se sabe de buenos y malos y no se tienen en cuenta matices, que se huye de conflictos y se busca siempre el ahorro energético.
Así se tienen personas dóciles, que se han conformado con su situación porque no quieren esforzarse en pensar, que sus ilusiones son las de comprar en un chino, comer una hamburguesa o una pizza, que su equipo gane la liga, viajar en avión para estar un día en una ciudad y ver los mismo escaparates globalizados o pegarse a una consola para tener una vida aunque no sea real. Personas que no se involucran en nada y que dar un paquete de arroz o de azúcar en un supermercado una vez al año, es su acción solidaria.

Cada vez con menos conocimientos, con menos lenguaje, ¿cómo se va a ser más humano?

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