viernes, 14 de octubre de 2016

¿Personas tóxicas? ¿Quiénes?





Está muy en boga en la psicología moderna (norteamericana) el alertar sobre las personas “tóxicas” (queda claro en este artículo), entendiendo que estas personas “roban energías”. ¿Quién debe calificar a una persona como “tóxica”? ¿Cómo se sabe quién es la víctima y quién el verdugo? No aconsejan el alejarse de gente insolidaria, de gente sin inquietudes, de gente inmoral y deshonesta, de gente corrupta; estas al parecer no son un peligro.
Unas consignas que son un exponente claro de los postulados con el que el neoliberalismo impregna la sociedad de egoísmo.
La persona “tóxica” no entiende de parentescos ni de amistades, se la cataloga sin miramiento alguno cuando puede suponer un “desequilibrio” a la seguridad personal, esa que se aferra a impulsos y que no admite diálogo alguno por miedo a que desestabilice esa seguridad cogida con alfileres y que no permite autocrítica alguna. Da igual que esa “toxicidad” sea motivada por un problema psicológico, por una enfermedad que necesite de ayuda o por un problema personal grave; da los mismo porque debe uno alejarse y no escuchar. Así, se va aislando al “problemático” y uno se rodea de personas alegres, sin problemas, con mensajes “positivos” y que hablen del tiempo.
Se ha de dejar de lado a familiares molestos, esos que se atreven a hacer alguna crítica u observación aunque sea un padre o una madre, nada de comprensión o análisis de lo que nos dicen, a condenarlos al más terrible de los aislamientos (mobbing) sin diálogo alguno, avisando a los allegados de su peligrosidad para que hagan lo mismo. Nada de empatía porque acarrearía abrir una brecha a sus convicciones; esa brizna de sensibilidad la guardan para enternecerse con imágenes de animales desvalidos. Nada de enseñar a tener seguridad o autoestima, es mejor desprenderse de los conflictos.
A dejar a los amigos que con sus planteamientos pudiesen hacer tambalear las posturas egoístas e insolidarias; nada de diálogo, a dar media vuelta y buscar la compra compulsiva que gratifica más o el deporte en solitario que evita la competitividad. A aceptar solo a aquellos amigos que hablan de cosas intrascendentes y que nos envían mensajes energéticos o escenas de crías o de humanos que despierten el impulso materno. Eso sí, a aceptar “carácteres” despóticos por el “hoy por ti, mañana por mi”, a considerar el sentido de la propiedad y los celos como un acto de amor.  Se busca cualquier emoción que haga segregar serotonina, dopamina y endorfinas y que nos invada la felicidad.
Nada de planteamientos políticos, mejor conversaciones intrascendentes que no quiten el sueño y huir de cualquier noticia  que pueda alterar nuestra inestable tranquilidad. Pensar que las guerras, el hambre y la miseria, están lejos de nosotros y no pensar en ello porque afecta. Aprovechar la vida que es maravillosa y llenarse de energía vital a pesar de no tener futuro, trabajo, sanidad pública, ni pensiones el día de mañana. 
La familia es el núcleo fundamental de las relaciones humanas (y del capitalismo) en la que se sabe que siempre se será acogido (y mantendrán si hace falta), que defenderán a ultranza actitudes o acciones de sus miembros. Así en la escuela primará la familia al criterio del docente, en las relaciones sociales se apoyará sin discusión alguna al familiar implicado y un largo etc. Todo el mundo en su casa y los trapos se lavan dentro. Esta estructura tan cerrada aisla al que no tiene familia y lo deja totalmente desamparado y solo.
Existe una concatenación de grupos a los que se pertenece que se categorizan de acuerdo con la cultura en la que se esté inmerso y que se rigen por los mismos principios de cohesión. Así los miembros de una iglesia, los socios de un club de fútbol, los habitantes de un pueblo, de un país, los miembros de una secta;  los pertenecientes a una etnia, a una religión, a un partido, a un sindicato...  La pertenencia al grupo da seguridad y potencia la emoción que llega a cegar y caer en el fanatismo. 



Pero pregunto, ¿dónde está el ser humano? El que la evolución dotó de una desarrollada corteza prefrontal que le permitió controlar sus emociones, que pudo tener conciencia de si mismo y razonar.
Seguimos dejándonos llevar por la amígdala, por nuestro cerebro ancestral, aquel que es el responsable de nuestras emociones primarias, el que nos ayuda a prevenir el peligro, a protegernos del dolor, que desata nuestra libido... 
Somos seres sociales, con cerebros evolucionados y nos conformamos con emociones primarias. El sexo y la comida siguen siendo las máximas satisfacciones y no precisamente para conservar la especie o continuarla.
La neurociencia nos abre un universo de conocimiento. Comprendemos cada día más el funcionamiento de nuestro cerebro, pueden observarse los circuitos que conectan nuestras neuronas, se sabe de su plasticidad y la posibilidad de cambiar comportamientos.

Pero las investigaciones en neurociencia se dirigen al neuromarketing y saber de qué manera potenciar el consumo, se profundiza en saber cómo superar el miedo y que los soldados puedan sin angustia matar, pero no se aplica en enseñar esa inmensa satisfacción humana que produce razonar y convivir, no se educa en el esfuerzo, en el control de la ira, en la inmensa emoción que produce el preocuparse por los demás. Parece que interesa que no pensemos y que sigamos siendo insolidarios y egoístas. ¿Personas tóxicas? ¿Quiénes?



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